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Título de la entrada: LA ORATORIA
Autor: Santiago Solano
Fecha de la entrada: Martes, 8 de Septiembre de 2009
Lugar: BLOGGER

 



Capítulo 26 º

       Escribo siempre por la tarde, a partir de las cinco, todos los días un pliego, sentado a la mesa de madera que hay junto a la ventana. No más. Más allá el cansancio puede conmigo. Las sombras, en este tiempo de frío, van llegando con esa galbana de adolescente que poseen las tardes del verano. A veces la nieve parece emitir luz por sí sola, como un sol helado y azul. Con todo, la noche siempre me pilla desprevenido. Sí, aprovecho la del día al máximo. Por eso, casi siempre, tengo que levantarme a por el candil, que está al otro lado de la estancia, envuelto en las sombras del fuego que bulle en la chimenea.
       A partir de ese momento los ojos se me llenan de lágrimas. No sé si es el humo del aceite, o el humo de la leña, o incluso el humo de los recuerdos. Y así escribo, con un pañuelo en la mano izquierda, limpiándome continuamente el manantial bajo las cejas, y con la pluma en la derecha, yendo y viniendo al tintero. A veces me veo a mí mismo de esta guisa, de llorón, de viejo llorón, y me río. Se me estiran los labios en dirección a la orejas y me sale la carcajada como un redoble de tambores en medio de la noche. Me ocurre eso porque entonces pienso en los otros cuarenta y nueve. Pienso en ellos y se me viene a la memoria la fecha del seis de abril.
       Estamos en el interior de La Abadía de Arbroath. Guillermo Primero de Escocia, su fundador, es una estatua sonriente bajo el tragaluz que mira al oeste. Los magnates y los nobles se acercan a la gran mesa de madera, en fila. Se sientan en el sillón tapizado de rojo, firman la carta, se levantan, vuelven a su banco, al mismo sitio del que han salido para afirmar que son hombres, uno tras otro. Todos firman esa carta de independencia que he redactado yo, esa obra maestra de la oratoria, esa carta que pronto irá lejos y hará estallar la cólera de Su Santidad Juan XXII. Los rostros de los otros clérigos están graves, como si todavía dudaran de nuestros derechos. Me recuerdo sonriente, engreído, el corazón henchido de gozo. También la majestad que irradiaba la faz del monarca.
       Luego me acerco al tonel. Tomo la jarra de madera y la introduzco en la oscuridad del roble. Siento la humedad entrar en mi cuerpo a medida que mi brazo baja hacia el líquido. Luego los dedos se humedecen y la mano extrae la cerveza. Bebo, así, de pie, al lado de las otras barricas, recostado sobre ellas. Bebo hasta que mi cuerpo no puede más. Entonces caigo sobre el jergón, me pongo una manta encima, cierro los ojos y me duermo; me duermo y sueño con vosotros. Os veo escribiendo también, cada cual en su cabaña, en su torre, en su prisión. Y oigo una fecha, 15 de diciembre de 1320, y un nombre caer en el último tronco de consciencia en el que me resguardo.
       Ya sabéis, Elvira.

       


6 comentarios:

Félix Remírez. 8 de septiembre de 2009, 10:07

       - Muy bien escrito. Muy bien.


Soledad Serrano. 8 de septiembre de 2009, 10:13

       - Santiago, está estupendo, de veras. Por ahí yo creo que nos podemos mover muy bien. Sol.


Manuel. 8 de septiembre de 2009, 17:49

       - Acabaremos por coincidir, Santiago, en que el tiempo es solo un accidente. Como lo es el espacio en que nos movemos o creemos que nos movemos. Acabaremos por saber, querido amigo, que todas las historias son la misma historia, contada de otra manera. Lo que me importa es que la historia se cuente.


Emilio. 9 de septiembre de 2009, 5:35

       - Todas las historias son la misma historia pero no todas son la misma historia. Es más, cada historia tiene su historia y, cuando te das cuenta de que lo mismo no es lo mismo, sino diferente, entonces te poner a escribir o dejas simplemente que las historias te escriban a ti. Aunque toda la vida sea la misma Vida, no todas la vidas son siempre las mismas, ni siquiera la Vida es siempre la misma. De otra forma nos hubiéramos quedado en el gran magma informe del que - cuentan - salió todo. Pero eso lo cuentan. Y lo cuentan con palabras. Quien sabe si las palabras no son más que un instrumento de los dioses para engañarnos. Porque me cuesta trabajo creer que algunos de ellos, como Mercurio o Afrodita, o incluso un semi-humano, un hijo de una musa como Orfeo, haya salido del magma ese. Y el magma ese...¿de donde salió?. Ya, ya, Dios, Alá, Yahvé...El grande, el Absoluto. Y ese Dios, el Origen, de ¿dónde salió a su vez?. ¿Y qué es, qué sería, donde está, donde estuvo?. El problema es el lenguaje. Es una creación humana y él - el pensamiento - se atreve a preguntar sobre la Vida...absurdo porque la Vida existía - es un decir - antes de que existiera el lenguaje, antes de que existiera el Hombre. Por tanto, en términos conceptuales, la pregunta no tiene respuesta...porque no tiene sentido. No se si me explico. Es triste pero es asi. Por eso me encanta que nos quedemos en los mitos. Ellos dan un sentido a nuestras inquietudes. Y alumbran nuestra oscuridad.


Rosa. 9 de septiembre de 2009, 16:17

       - ¡Hummm!... Esto suena genial Santiago. Es como el despertar de una nueva Elvira. Un beso cercano.


Santiago Solano. 9 de septiembre de 2009, 23:49

       - Gracias Félix, Sol, Manuel, Emilio, Rosa. Por estar ahí, digo aquí, en mi corazón.

 

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