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Título de la entrada: MIS PALABRAS
Autor: Santiago Solano
Fecha de la entrada: Jueves, 10 de Septiembre de 2009
Lugar: BLOGGER

 



Capítulo 28 º

       17 de diciembre de 1320

       La nieve sigue afuera, sobre los campos, uniformándolo todo, con esa falsa sensación de blandura, bajo un cielo azul y un sol tibio. Me he abrigado a conciencia los pies, los he puesto al calor de la lumbre durante un buen rato, ayer y esta mañana. Ahora mismo, cuando son las cinco de la tarde y escribo, los tengo envueltos con los trozos de una sábana de algodón que he roto a tal fin. Más que romper la he desgarrado, a tirón limpio, aullando de dolor e impotencia, sobre el jergón. Ya puedo andar, con dificultades, eso sí, renqueando; pero de pie, como un ser humano. La madruga del dieciséis, con aquel querer morirme de una vez pesándome en el ánimo, y aquella idiotez de salir descalzo a hacer mis necesidades, me ha pasado su factura. Todo el día de ayer estuve arrastrándome por esta cárcel. Codo y vientre, vientre y codo: reptando. Sí, como un ciempiés llegué al arcón. Sí, y me alcé sobre las rodillas con otro esfuerzo, y con la cabeza nublada por la resaca, levanté la tapa. Sí, y al instante me llegó a las narices el olor rancio del tocino que bendije como lo que era, como una salvación. Luego vi el moho oscurecer la manteca del queso, bajo los trapos. ¡Qué duro el pan de una semana para mis dientes, para mis pobres dientes escariados! Gemí mientras comía. Grité incluso. Pero mi voz se quedó en mí, en la soledad de estas alturas nevadas. Acaso la negrura del grajo levantó el vuelo y se llevó un poco de esta agonía. Pero nada más.
       Ayer por la tarde vino el lego. Me pilló en medio de un sueño pesado, sin recuerdos. Poco más de la una parecía ser. Llegó resoplando, con la fatiga de la cuesta todavía sobre sus pulmones, con una mancha de humedad que le subía hasta las rodillas. No llamó a la puerta siquiera. Abrió y entró. La cuchillada de frío fue lo que me trajo a la consciencia. No dijo nada. Vio mi súbito despertar, mi tiritona, y cerró. Fue dejando todos los comestibles sobre la mesa, despacio, como si pensara en otra cosa, mecánicamente. “¿Hay noticias de Su Santidad?”, pregunté, medio incorporado, el codo izquierdo sobre la paja del lecho. Pero él no contestó, ni hizo siquiera ademán de mirarme; siguió a lo suyo, a desembarazarse del peso de las viandas, sus ojos fijos en mis papeles, en mis palabras. Ante tal desprecio, imposibilitado como estaba, grité una blasfemia. Pero el siguió a lo suyo, como si no estuviera yo presente. “Y de ella, ¿qué sabes de ella?”, grité. Esta vez tuve más suerte, esta vez sí me hizo caso. Se acercó al lecho. Se agachó hasta que nuestras miradas coincidieron. Luego con una voz lenta y exacta dijo: “Ella está donde debe estar, con su marido”. “¿Quién es su confesor ahora?”, pregunté. “Nadie”, dijo él. “¿Nadie?”, volví a interrogar, extrañado. “Sí, así es; nadie”.
       Y sin más, se incorporó. Fue hasta la mesa. Recogió mis palabras, me robó mis palabras, como siempre; y las metió en su bolsa de viaje. Dejó más papel en blanco, y más tinta. Afiló con una navaja barbera la pluma de ganso, con una lentitud exasperante. Luego giró hacia la puerta, la abrió, y antes de cerrarla, antes de dejarme solo otra semana más, me espetó: “Piense, Sr. Abad, piense. Ya no frecuenta la iglesia. Se conoce que lo que la atraía a ella ya no está”.


4 comentarios:

Rosa. 10 de septiembre de 2009, 14:31

       - Creo que sabes que, aquellas cosas que siento, de alguna forma, especiales, las suelo incluir en un grupo que llamo "en estado puro"... Cómo me gusta cuando escribes en ese estado puro tan tuyo. Gracias por esta entrada tan especial. Me gusta y mucho. Un beso.


Emilio. 10 de septiembre de 2009, 16:34

       - Acabo de venir del blog de Soledad. Tus palabras más importantes, con serlo éstas, son las que has puesto como comentario en su entrada. Un día te dije que te reconocemos como un extraordinario creador, pero que veas, en paz y sosiego, que además del fraile que escribe y piensa, existe el escritor que siente y vive en las palabras. Hay muchos tipos de palabras. Y de actitudes. Tu diriges Escritores en Red. Se que esta noche, después de leer el relato de Soledad, que está con nosotros, que es una de los nuestros, te sientes, tan orgulloso de lo que escribes, como de que estemos a tu lado, aceptando o desafiando, pero siempre mano a mano, cada uno como sabe y puede, cada uno como es. Somos tus amigos. Tu eres nuestro amigo. Si de todo esto hubiera salido, tan solo... ya se que ha salido más... unas palabras como las escritas por Sol en Las Fotos, tu labor, tu trabajo, tu esfuerzo, tu empuje, tu tenacidad, tu cultura, tu saber escribir, tu capacidad de visionario, tus virtudes y también tus defectos, por llamarlos de un modo, digamos social pero nada basico, habrían merecido la pena. La nave va. Con capitanes tercos pero fantásticos y maravillosos, capaces de inventarse a si mismos y la vida, y con marineros que podrían ser también capitanes pero que de vez en cuando extienden las velas y dicen, vamos, viento, sopla, aquí estamos. Como Ella. Como Soledad Serrano. Y como tu, Santiago Solano,que remaste cuando no había viento para que todos viajemos.


Santiago Solano. 11 de septiembre de 2009, 7:20

       - ¡Qué queréis que os diga! Pero, no, no; os pregunto: ¿Se puede uno morir de amistad? Pues me estáis poniendo en peligro, entre los dos. Me sonrojáis, desde luego, todo lo sonrojado que pueda estar un ser humano.


Emilio. 13 de septiembre de 2009, 8:47

       - Morir de amistad es vivir, en tu caso, escribiendo. Y ayudándonos a todos a hacerlo.

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